Un tomate bien maduro contiene decenas de semillas que, si son viables, pueden utilizarse para obtener nuevas plantas. Es una manera sencilla de experimentar con la germinación en casa y aprovechar un fruto que ya tenemos en la cocina.
Sin embargo, extraer las semillas y enterrarlas inmediatamente no siempre es el método más práctico. Las semillas de tomate están rodeadas por una sustancia gelatinosa. Para guardarlas o preparar una siembra más controlada, resulta útil separar esta capa, limpiar las semillas y dejarlas secar correctamente.
También hay que tener presente que una planta obtenida de un tomate comprado puede no producir frutos idénticos al tomate original, especialmente cuando procede de una variedad híbrida.
Qué necesitas
Para realizar el proceso puedes preparar:
- 1 tomate completamente maduro y sano
- Un cuchillo limpio
- Una cucharilla
- Un pequeño recipiente de vidrio
- Agua
- Un colador fino
- Papel de cocina o, preferiblemente para almacenamiento, una superficie no absorbente donde las semillas puedan secarse sin quedar adheridas
- Una maceta pequeña o bandeja de semillero
- Sustrato ligero para semilleros
- Un pulverizador con agua
- Una zona cálida y luminosa
No necesitas fertilizantes para la germinación inicial.
Elegir un tomate adecuado
Escoge un tomate completamente maduro, pero sin podredumbre ni daños importantes.
Si conoces la variedad y sabes que es de polinización abierta, tendrás más posibilidades de obtener plantas con características similares a la planta original.
Con los tomates híbridos también pueden germinar semillas, pero las nuevas plantas pueden presentar características diferentes.
Los tomates comerciales, además, han sido seleccionados principalmente para consumo, transporte y conservación, no necesariamente para producir semillas destinadas a un huerto doméstico.
Extraer las semillas
Corta el tomate por la mitad.
Con una cucharilla, extrae las semillas junto con el gel que las rodea y colócalas dentro de un recipiente pequeño.
No es necesario retirar toda la pulpa en este momento.
Si únicamente quieres realizar una prueba de germinación, puedes limpiar directamente unas pocas semillas. Para preparar semillas que quieras conservar, el proceso de fermentación resulta especialmente útil para retirar el recubrimiento gelatinoso.
Fermentar las semillas
Añade al recipiente una pequeña cantidad de agua, solamente la necesaria para mantener la mezcla fluida.
Deja el recipiente a temperatura ambiente durante aproximadamente 2 o 3 días.
No lo cierres herméticamente. Puedes proteger la abertura con una tela fina o papel transpirable para evitar que entren insectos.
Durante este período puede aparecer una película superficial y un olor característico. Es parte del proceso de fermentación.
No prolongues innecesariamente la fermentación porque las semillas podrían comenzar a germinar dentro del recipiente.
Separar las semillas
Cuando haya terminado la fermentación, añade un poco de agua limpia y remueve suavemente.
Los restos de pulpa y algunas semillas poco desarrolladas pueden quedar suspendidos, mientras que muchas semillas viables tienden a depositarse en el fondo. Esta separación no constituye una prueba perfecta de viabilidad, pero facilita la limpieza.
Retira cuidadosamente el material superficial.
Después vierte las semillas en un colador fino y acláralas con agua.
Muévelas suavemente hasta eliminar la mayor cantidad posible de restos gelatinosos.
Secarlas correctamente
Si vas a sembrarlas inmediatamente, no necesitas almacenarlas durante meses. Después de limpiarlas puedes dejarlas escurrir y proceder a la siembra.
Si quieres conservarlas, el secado es fundamental.
Distribuye las semillas formando una sola capa y déjalas en un lugar seco, ventilado y protegido del sol directo.
Remuévelas periódicamente para evitar que se queden pegadas entre sí.
Dependiendo de las condiciones ambientales, pueden necesitar aproximadamente una semana o algo más para secarse completamente.
Antes de almacenarlas deben estar realmente secas, ya que la humedad residual puede favorecer el deterioro durante el almacenamiento.
Preparar el semillero
Llena pequeños recipientes o una bandeja de semillero con un sustrato ligero y limpio.
El recipiente debe disponer de agujeros de drenaje.
Humedece previamente la tierra. Debe quedar uniformemente húmeda pero no empapada.
Coloca una o dos semillas por pequeño recipiente.
Cúbrelas con aproximadamente 5 milímetros de sustrato. Las semillas de tomate no necesitan quedar enterradas profundamente.
Presiona la superficie muy suavemente para asegurar un buen contacto entre la semilla y la tierra.
Mantener la humedad durante la germinación
Después de sembrar, humedece la superficie con un pulverizador o mediante un riego muy suave.
Durante la germinación, el sustrato debe permanecer ligeramente húmedo.
No debe secarse completamente, pero tampoco permanecer saturado de agua.
Un exceso constante de humedad puede favorecer problemas de hongos y pudriciones en las plántulas.
Comprueba el semillero diariamente y añade agua únicamente cuando sea necesario.
Temperatura adecuada
Las semillas de tomate germinan mejor con temperaturas cálidas.
Como referencia general, una temperatura del sustrato alrededor de 20-25 °C suele favorecer una germinación rápida.
Con temperaturas más bajas el proceso puede tardar más.
No coloques el semillero directamente sobre un radiador o una fuente de calor intensa. El objetivo es conseguir una temperatura relativamente estable, no calentar excesivamente la tierra.
Cuánto tardan en germinar
En buenas condiciones, muchas semillas de tomate pueden germinar aproximadamente entre 5 y 10 días.
Algunas pueden necesitar más tiempo.
La temperatura, la edad de las semillas, la humedad y la variedad influyen en la velocidad de germinación.
No desentierres constantemente las semillas para comprobar su estado, ya que puedes dañar las pequeñas raíces que comienzan a desarrollarse.
Proporcionar mucha luz después de la germinación
En cuanto aparezcan los primeros brotes, la iluminación adquiere una gran importancia.
Las plántulas que reciben poca luz producen tallos largos, delgados y débiles mientras intentan alcanzar una fuente luminosa.
Coloca el semillero en un lugar muy luminoso.
Si utilizas iluminación artificial para cultivo, sigue las instrucciones del equipo respecto a distancia y duración.
Gira periódicamente los recipientes situados junto a una ventana para favorecer un crecimiento más uniforme.
Qué hacer cuando aparecen las primeras hojas verdaderas
Las primeras estructuras verdes que aparecen son los cotiledones. Posteriormente se desarrollan las primeras hojas verdaderas, que presentan la forma característica de una planta de tomate.
Cuando las plántulas tengan varias hojas verdaderas y raíces suficientemente desarrolladas, pueden trasladarse cuidadosamente a recipientes individuales más grandes.
Sujeta las plantas por una hoja cuando sea necesario manipularlas y evita apretar el tallo, que todavía es muy delicado.
Acostumbrarlas al exterior progresivamente
Una planta criada dentro de casa no debería trasladarse directamente a pleno sol durante todo el día.
Antes de plantarla definitivamente en una terraza, balcón o huerto, realiza un período de aclimatación.
Durante aproximadamente una semana, expón las plantas progresivamente a las condiciones exteriores, aumentando poco a poco el tiempo que permanecen fuera.
Empieza en una zona protegida del viento y del sol intenso.
Este proceso reduce el riesgo de quemaduras solares y estrés.
Cuándo trasplantar al exterior
Los tomates son sensibles al frío.
Espera hasta que haya pasado el riesgo de heladas y las temperaturas sean adecuadas para su crecimiento.
El momento exacto dependerá del clima de tu zona.
Las plantas deben estar bien desarrolladas, sanas y previamente aclimatadas antes de trasladarlas a su ubicación definitiva.
Un detalle importante sobre los tomates del supermercado
Es perfectamente posible obtener plantas a partir de las semillas de algunos tomates comprados.
Lo que no puede garantizarse es que la nueva planta produzca exactamente el mismo tomate.
Muchas variedades comerciales son híbridas. Sus semillas pueden producir plantas con características distintas en tamaño, sabor, productividad, forma o resistencia.
Por eso este método resulta especialmente interesante como experimento doméstico.
Si quieres reproducir una variedad concreta año tras año, es preferible obtener semillas de una variedad de polinización abierta cuya procedencia conozcas.
Errores frecuentes
Uno de los errores habituales es enterrar las semillas demasiado profundamente.
Otro consiste en mantener la tierra completamente empapada durante toda la germinación.
También es frecuente dejar las plántulas en un lugar con poca luz, provocando tallos extremadamente largos y débiles.
Si fermentas las semillas, no las olvides durante demasiados días en el recipiente.
Y si pretendes almacenarlas, asegúrate de que estén completamente secas antes de guardarlas.
Cómo conservar las semillas sobrantes
Una vez completamente secas, guarda las semillas en un pequeño sobre de papel o recipiente apropiado.
Anota la variedad si la conoces y el año de recolección.
Conserva el recipiente en un lugar fresco, seco y oscuro.
La humedad y las temperaturas elevadas reducen la conservación de las semillas.
De un tomate maduro a una nueva planta
El proceso completo es sencillo: extraer las semillas, retirar el gel, limpiarlas, secarlas cuando sea necesario y sembrarlas superficialmente en un sustrato ligero.
Después solo hay que proporcionar humedad moderada, una temperatura favorable y, tras la germinación, mucha luz.
En unas semanas, aquellas pequeñas semillas que estaban dentro de un tomate pueden convertirse en jóvenes plantas listas para continuar creciendo en recipientes mayores o en el huerto.
Además de ser una forma económica de experimentar con el cultivo, permite observar desde el principio todo el ciclo de desarrollo de una planta de tomate.